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Licenciatura en Marketing, Northern Illinois University; maestrÃa en Estudios Pastorales, Loyola University Chicago; maestrÃa en Estudios Teológicos, Boston College School de TeologÃa y Ministerio; maestrÃa en TeologÃa, Boston College School de TeologÃa y Ministerio.
¿Cuál considera que es su libro favorito desde que ingresó a la CompañÃa?
Hace algún tiempo encontré por casualidad un delgado y amarillento libro de poesÃa de Gerard Manley Hopkins, S.J., bajo una pila de libros que obsequiaba uno de mis hermanos jesuitas. Aparte de algunos de sus poemas más famosos, no habÃa dedicado tiempo a la obra de Hopkins, pero después de leer solo unas pocas páginas, ¡me enganché! Su poesÃa remece; cada palabra es un hachazo con significación. Más que un libro que me llevo a un retiro, a menudo lo meto en la maleta cuando salgo de excursión o paso un tiempo de oración al aire libre. Con tantos poemas centrados temáticamente en la naturaleza, la poesÃa de Hopkins despierta mi conciencia del Dios creador de lo cotidiano.
¿Cuéntenos una experiencia particularmente significativa que tuvo durante su formación, y por qué fue relevante para usted?
La capellanÃa en la cárcel del condado de Ramsey en St. Paul, Minnesota, como novicio, fue una experiencia profundamente impactante. Mientras que en la mayorÃa de las situaciones ministeriales hay mucho hacer, hacer y hacer, la capellanÃa de la cárcel exigÃa que el ministro simplemente «sea». Es decir, al estar extremadamente limitado en lo que podÃa «hacer» realmente por los reclusos que veÃa cada semana, pronto me di cuenta de que darles un oÃdo abierto y un corazón que los escuchara era el «hacer». Caminaba con ellos espiritualmente a través de sus historias, sus sonrisas, sus gritos y sus sueños sin juzgarlos, pues al separar conscientemente las acciones pecaminosas o ilegales de los seres humanos que habÃan nacido a imagen y semejanza de Dios, empecé a «ir donde el amor aún no habÃa llegado» (Greg Boyle, S.J.). Al conocer a los reclusos a un nivel más profundo, me recordaba constantemente mis propios prejuicios, sesgos y estereotipos, mi propia naturaleza pecaminosa y mi propia necesidad del perdón y la misericordia de Dios. En cierto modo, ejercimos el ministerio mutuamente.